Los misilazos cruzados en Medio Oriente explotan más allá de la región. La guerra cruzó una línea que hasta ahora parecía intocable. Tras el ataque a la planta de gas en Asaluyeh, Irán respondió alcanzando con misiles la refinería de Ras Laffan, en Qatar, el principal centro de producción de gas natural licuado del mundo.
No fue un objetivo militar más. Fue otra cosa: la entrada del conflicto en el sistema circulatorio de la economía global. Lo que quedó bajo fuego no es solo una planta. Es un nodo central del sistema energético del mundo.
South Pars, del lado iraní, es la misma estructura geológica que en Qatar se conoce como North Dome. De ese mismo reservorio sale el gas que alimenta Ras Laffan, el mayor polo de GNL del planeta. Es decir, lo que ocurre de un lado de la frontera impacta directamente del otro. No hay compartimentos estancos en esa geografía.
Ras Laffan concentra cerca del 20% de la producción mundial de GNL. Desde ahí se abastecen mercados clave de Asia y parte de Europa. Es una pieza estructural del tablero energético. Tocar ese punto es como intervenir una arteria principal del sistema: el efecto no es local, es sistémico. Y el mercado lo entendió en tiempo real.
La reacción fue inmediata. La cotización del gas natural en el nodo europeo TTF tomó impulso tras la escalada. En pocas horas, el precio trepó a 16,7 dólares por MMBtu, equivalente a unos 55 euros por MWh. Es una suba de más del 6% respecto del día anterior.
Ese movimiento en los precios empezó a reordenar decisiones incluso lejos del Golfo. En Argentina, el Gobierno moderó sus expectativas y dio marcha atrás con la idea de correrse de la importación de GNL.
La prórroga del régimen transitorio para importar gas licuado es una señal clara: el contexto global dejó de ser un dato de fondo para convertirse en un condicionante directo. En términos simples, la apuesta a un mercado desregulado choca contra una realidad más compleja.
Pero el desacople moderado de precios locales, aun si se sostiene, no resuelve la tensión más urgente. Las provincias del norte, donde las temperaturas extremas convierten a la energía en un insumo básico de supervivencia, ya están en una situación crítica. El problema no es solo cuánto cuesta la energía en el mundo, sino cuánto puede pagar la gente en Argentina.
Gerardo Zamora
El senador Gerardo Zamora lo expuso en el Congreso. Presentó una cuestión de privilegio contra el ministro de Economía, Luis Caputo, y contra la Secretaría de Energía que conduce María del Carmen Tetamanti.
Zamora habló de una suba “exorbitante” del costo de la energía entre diciembre de 2023 y febrero de 2026. Denunció una quita indiscriminada de subsidios a los sectores de menores ingresos. Según detalló, los usuarios sin asistencia estatal enfrentan aumentos de hasta el 5000% en sus facturas.
El ex gobernador de Santiago del Estero vinculó estos aumentos con el cierre de miles de comercios y empresas en todo el país. No es una afirmación aislada. En distintos sectores se repite la misma escena: costos fijos que se disparan y márgenes que desaparecen. La energía, clave para la competitividad; cumple la función contraria, una barrera.
La situación se agrava con los cambios en el esquema de subsidios. Desde marzo, el consumo subsidiado para los hogares más vulnerables cae de 550 kWh a 150 kWh. El salto es abrupto. Según el ejemplo que dio Zamora, un jubilado que cobra 400 mil pesos y pagaba 50 mil de luz pasará a pagar cerca de 200 mil. La mitad de su ingreso. Una cifra difícil de sostener en cualquier contexto.
En ese marco, la escalada en Medio Oriente funciona como un factor externo que agrava tensiones internas. El sistema energético global entra en zona de riesgo y, al mismo tiempo, el sistema doméstico muestra sus límites.
