Además del impacto en el precio de los combustibles, la escalada bélica en Medio Oriente empezó a hacerse sentir en uno de los pilares de la economía argentina y la principal fuente de dólares genuinos con la que cuenta el Tesoro: el costo de producir en el campo.
Es que la suba internacional de la urea y de otros fertilizantes fosfatados amenaza con encarecer la próxima campaña agrícola y agrega un problema extra para el gobierno de Javier Milei porque puede complicar la liquidación de dólares del principal sector exportador del país.
En el mercado ya hablan de un salto brusco en los valores. La tonelada de urea, que rondaba los 450 dólares, trepó hasta la zona de los 700 dólares en medio de la volatilidad internacional por la guerra y la amenaza sobre el abastecimiento energético y logístico global. La suba pega de lleno sobre trigo y maíz, dos cultivos donde este insumo explica una porción decisiva de los costos.
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Un productor agropecuario consultado por LPO explicó que “el conflicto que está ocurriendo en Medio Oriente volvió a trasladarse al precio de los fertilizantes, especialmente a la urea y algunos fosfatados” y advirtió que en la última semana hubo “gran inestabilidad y volatilidad”, al punto que muchos importadores y distribuidores locales directamente frenaron operaciones hasta tener mayor claridad sobre los precios reales.
La preocupación no es menor. En trigo, la fertilización puede representar hasta el 50 por ciento del costo de implantación y protección, mientras que en maíz se ubica cerca del 45 por ciento. Con los nuevos valores, el costo del trigo podría incrementarse en más de 50 dólares por hectárea, lo que eleva los rindes de indiferencia entre 3 y 5 quintales por hectárea. Traducido: para que cierre el número, el productor necesitará producir más en un contexto donde el margen ya venía ajustado.
El problema no es sólo microeconómico. Si el agro enfrenta una campaña más cara por el aumento de fertilizantes y combustibles, el impacto termina llegando a la macro: menos rentabilidad, proyecciones de siembra más conservadoras, menor uso de tecnología y un ajuste en los números exportables.
Esto sucede justo cuando el complejo agroindustrial esperaba producir más de 34.500 millones de dólares en exportaciones durante 2026, según datos estimados por la Bolsa de Comercio de Rosario, ahora cualquier encarecimiento de los insumos críticos mete ruido en la principal fábrica de divisas de la Argentina.
Ahí aparece otro dato que en el sector miran con preocupación: el gobierno se desprendió justo ahora de una herramienta estratégica para amortiguar el golpe. Hasta diciembre del año pasado, YPF conservaba el 50 por ciento de Profertil, la principal productora local de urea. El otro 50 por ciento estaba en manos de Nutrien. Esa participación fue vendida a Adecoagro por unos 600 millones de dólares.
La venta dejó a la Argentina sin una palanca clave en un mercado extremadamente sensible. Federico Basualdo, ex subsecretario de Energía, dijo a LPO que “la producción de fertilizantes está fuertemente concentrada en Medio Oriente” y que Argentina, pese a ser importador neto, tenía en Profertil una herramienta estratégica porque producía alrededor del 25 por ciento de la demanda del agro local. “Lo que pierde Argentina no es solamente capacidad para influir en el precio interno. Pierde una posición estratégica en un mercado global que está en expansión”, afirmó.
Basualdo agregó además que Profertil tenía una ventaja competitiva excepcional: acceso al gas de Vaca Muerta, el principal insumo para fabricar urea, a bajo costo y con una logística solucionada con el ducto que une Loma La Lata con Bahía Blanca, donde está la planta.
Esa combinación convertía a la firma en una pieza particularmente valiosa para un país que depende del agro para sostener su balanza externa. “Es difícil imaginar una mayor complementariedad productiva que esa”, dijo. “Y, sin embargo, en lugar de fortalecer esa posición, el Estado se desprende de un activo estratégico”.
La crítica no apunta sólo a la pérdida de una empresa rentable, sino al desarme de una herramienta de intervención sobre un insumo crítico. En otras palabras: el gobierno resignó capacidad para conseguir el insumo y regular los precios en un mercado lleno de incertidumbres donde no se sabe si va a haber stock disponible en el mundo, además de la disparada del precio.
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Según explicó a LPO una fuente de la consultora StringAgro, YPF está desarmando todas las unidades que daban rendimientos, pero con costos productivos más altos, para concentrar recursos exclusivamente en Vaca Muerta.
Esa estrategia, que ya incluyó el cierre de operaciones en Tierra del Fuego y el abandono de otras áreas, responde a una búsqueda obsesiva de eficiencia financiera y productividad, aunque a costa de retirarse de negocios con valor estratégico para el resto de la economía.
La paradoja es evidente. La misma administración que apuesta todo a los dólares de la agroexportación se desprendió de una participación en la empresa que producía uno de los insumos más sensibles para sostener esa misma maquinaria exportadora.

En la Casa Rosada festejaron la venta como una decisión racional para afrontar la caída del precio del barril y concentrarse en la producción petrolera de Vaca Muerta. Pero ahora con el petróleo en alza y la urea disparada, la decisión empieza a verse menos como una jugada brillante y más como otro ejemplo de cortoplacismo.
El dato político tampoco es menor. Adecoagro, la compradora de la participación de YPF en Profertil, tiene entre sus principales accionistas al uruguayo Juan Sartori, un oscuro zar del mundo crypto y en su directorio aparece Daniel González, actual secretario coordinador de Energía y hombre de máxima confianza de Luis Caputo.
Mientras tanto, en el campo la campaña fina empieza a planificarse en pocas semanas y hoy en muchos casos ni siquiera se están pasando precios de fertilizantes fosfatados. En otros, se registran aumentos de entre 50 y 100 dólares por tonelada en cuestión de días. El productor todavía está concentrado en la cosecha de maíz y en el arranque de la soja, pero la próxima siembra de trigo ya asoma con un costo mucho más pesado sobre la espalda.
Si la guerra sigue presionando sobre el petróleo, la logística y los fertilizantes, el golpe va a terminar impactando sobre el flujo de divisas, la recaudación por retenciones y una macroeconomía que depende cada vez más de que el campo produzca más con menos margen. No será sencillo convencer a los productores de que liquiden si se sostienen las retenciones y el gobierno no para de sumar escándalos como los vuelos de Adorni.
